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¿Cabe una hermenéutica de las mascarillas?

«El ser, que puede ser comprendido, es lenguaje»

H. Gadamer

En estos momentos donde aunque en muchas lugares del planeta se siente un ligero respiro por el fin de los confinamientos, no ha parado en ningún momento la producción colectiva de sentidos y sentires a raíz de la pandemia. Se ha impuesto casi sin ninguna duda un retorno a la obra focaultiana en la cual, la imposición de una serie de dispositivos biopolíticos (herramientas del poder para controlar el cuerpo) amplían la capacidad de control y performatividad de los estados. Esto no significa que se deponga el análisis material-concreto de las crisis socio-económicas sino que, el sistema-mundo capitalista ha profundizado en técnicas de control biométrico que, en definitiva nos devuelven a la ineludible lectura de la biopolítica de dicho autor. Fruto de esto podemos hacer extensible el análisis a todos los dispositivos (objetos) cuyo uso se ha normalizado a partir de la pandemia. Uno de estos es la mascarilla, el cual intentare no re-significar (lo cual sería un ejercicio adhoc) sino tratar lo más pragmáticamente atendiendo a la pregunta por cómo esta afecta a nuestro mundo de vida.

En primer lugar el uso de las mascarillas no fue favorecido al menos en el caso del Estado español por las instituciones. Todxs recordamos los mensajes ambiguos al respecto de su conveniencia o no. Puesto que esto no es ni un artículo académico, ni mucho menos, un texto de divulgación científica asumire una noción clara y poco polémica sobre este asunto. La «mascarilla» es una herramienta empleada para la protección personal de profesionales expuestos a patógenos, encontraremos también otros usos adecuados para el trabajo con partículas nocivas de orígen no biológico (virutas, gases, etcétera). Por tanto su efectividad general en ese sentido es indudable. Otro tanto podríamos decir del trasiego de lavarnos las manos, una práctica médica que una vez instaurada a salvados incontables vidas a lo largo de la historia. En definitiva quiero decir que, en términos generales la mascarilla no es un elemento contra-indicado en su uso facultativo y profesional sino precisamente, actúa como dispositivo de seguridad.

Hay que recordar como y cuando empezamos a usarlas. No fue porque se convirtieran de inmediato en algo «obligatorio» ni tampoco, porque el gobierno las facilitara. Mas bien, fue una tendencia planteria y sus existencias se agotaron casi de manera inmediata en las farmacias. Precisamente a esto y debido también a la inoperancia de los gestores de la pandemia que, la gente a título particular o colectivo se puso «manos a la obra» fabricándolas de manera casera y distribuyéndolas como se podía. Es destacable algunos sucesos ocurridos en Chile a este respecto, donde la policía se dedico en ocasiones a «robar» un objeto que en determinado se convirtió en un bien de lujo.

Planteado esto, las cosas siguieron un curso «predecible». A la espontaneidad y apoyo mutuo inicial, se suguieron declaraciones alternas de la OMS y el gobierno de Sanchéz que en general crearon un clima de confusión. Al momento, las «mascarillas» son de uso obligatorio en casi todas las regiones del estado. Además, podemos establecer criterios de «trazabilidad» entre los distintos diseños. Las hay (en gran cantidad) de producción doméstica o de talleres que se prestaron a ello, las hay quirúrgicas, también las conocidas FFP2 e incluso se ve quien emplea algunas mas propias de la construcción y otros oficios. También esta el último grito, las mascarillas de diseño adquiridas en amazon o establecimientos, con la banderita rojigualda y de ahi en adelante lo que podamos imaginar. Mascarillas con el rostro del Che seguramente estaran en stock en una de las abundantes tiendas online y quizás también en establecimientos.

Quizás plantear estos antecedentes no era necesario para el objetivo de este texto, lo hago sencillamente por hacer hincapié precisamente en las redes de apoyo y mutuo y cuidados que tomaron la iniciativa a este respecto. Un hecho que ahora ha quedado «oculto» tanto en el plano comunicativo (mass media) como en redes sociales. Valía la pena creo estos primeros párrafos para retrotraernos a como hace escasos meses teníamos un relato incluso «heroico» donde la autogestión y el apoyo mutuo superaba con creces las medidas del gobierno. Recuperar hoy esa memoria reciente es fundamental máximo en un momento en que se pone en «cuestión» nuevamente el uso de este dispositivo precisamente porque lo señalado se ha eclipsado con el nuevo ordenamiento al respecto del mismo. Esta por supuesto es una perspectiva táctica personal, y también con contenidos éticos y morales de quien escribe este texto. Obviamente mi perspectiva al respecto no constituye una verdad universal, solo es común en la medida que otras personas atiendan al mismo y sientan simpatía con las ideas que planteo.

Al respecto del título que inauguraba este artículo: ¿Es esto una hermenéutica de las mascarillas? Quiero ahora concluida la introducción, abordar y explicar el tema que realmente me interesa. En primer lugar habría que delimitar si, a pesar de regir una norma coercitiva que impone el uso del dispositivo tratado, esto constituye al mismo como un elemento biopolítico o no. Este último remite claramente a análisis del poder de corte focaultiano por lo que se impone una somera descripción del mismo. La biopolítica es el conjunto de técnicas y saberes que buscan el control y gestión de la vida, especialmente de la humana. Dicha tradición, se transforma en términos del autor en la Modernidad pasando de estar centrada en la capacidad de «privar de vida» (eliminar fisicamente la disidencia) a buscar «la reproducción de un modo de vida». El paradigma desde entonces es el del estado-nación que, articulado entorno al modo de producción capitalista exige al individuo interiorizar las normas del poder. Lo biopolítico por tanto constituye el despliegue concreto de esos saberes, la teoría queer por ejemplo lleva esto al terreno del binarismo sexual y el heteropatriarcado, de una manera similar. Pero el análisis no se ha limitado nunca al ámbito de la sexualidad sino que también ha sido llevado a la crítica del urbanismo, el diseño o a la constitución de las identidades hegemónicas. Lectura mas contemporáneas (como la de Bifo) han tratado de combinar el análisis focaultiano con el marxismo autónomo y las nuevas expresiones de la lucha de clases. Por último tendríamos un terreno quizás pantanoso, que es el de aplicar esta categoría propiamente a la tecnología en un sentido coloquial. Las técnicas de control biométrico, reconocimiento facial, o el bigdata son algunos de los ejemplos mas concretos y a la mano en este aspecto.

Dicho esto habría que añadir la perspectiva «transformadora» o las fórmulas de resistencia que nos propone Focault. En el conocido debate televisado que sostuvo con Chomsky quedo claro como dos nociones libertarias entraban en discusión. De un lado una perspectiva moderna (en el sentido filosófico) pero tradicional en términos de izquierda política era defendida por Chomsky donde, el proyecto comunista libertario daba cuenta de un norte ideológico aparentemente a la mano y operativo. Frente a esto, Focault opone que la «resistencia» no es unicamente contra, las instituciones de poder puntuales sino, contra el ejercicio continuado del poder en las sociedades. Quien gano ese debate, o si acaso, es posible una posición que sea unívoca sería tema para otro texto. La cuestión es que frente a la idea de oponer estructuras concretas de organización social frente a la maquinaria del estado y el capital, Focault va a proponer una resistencia individual. La idea fuerza a dicho respecto es, «el cuidado de sí» y, el hablar parresíastico (el decir de la verdad) como elementos fundamentales de cualquier disidencia. El primero nos remite a la idea de que, frente a un poder que totaliza toda las esferas de la vida el cambio a de partir del individuo, pero no de, un individuo liberal y nihilista sino de aquellas personas que identifican las formas de la descrita biopolítica y se esfuerzan por buscar modos de vida alternativos y en fricción con la misma. De esta relación surgen los procesos de transformación y normalización de las luchas sociales donde, un día el movimiento LGTB puede ser transgesor y al día siguiente, convertirse en un lobby capitalista que reproduzca las voliciones eróticas del heteropatriarcado. Por otro lado, la parresía o verdad es una forma por la cual nos situamos en un terreno de la racionalidad donde no nos guíamos por retóricas erísticas (sofismos) sino que, buscamos enunciar aquello que el poder oculta o pervierte. Mi idea o análisis es que, precisamente las mascarillas y su uso, por mas que el poder lo haya impuesto de manera coercitiva han actuado como un dispositivo en ambos sentidos, el del auto-cuidado (comunitario) y el de un bien parresíastico cuya carencia daba cuenta de la ineficacia de los «príncipes modernos» que nos gobiernan.

La mascarilla es un objeto que protege y vela, oculta el rostro tras un pedazo de tela. El orígen de la ropa esta en el cubrir-se la protección frente a un mal posible. Frente a la cosmivisión cristiana que arranca con el pecado original y nos lleva a un Adan y Eva que sienten vergüenza de su propio cuerpo, tenemos la perspectiva antropológica que nos demuestra materialmente como el uso si impone por la utilidad del bien y no así por lo elementos mito-religiosos que podemos atribuirle. Pero, a pesar de ello una geneaología del vestir es posible y quizás incluso necesaria. Me cubro, pero cuando me cubro repito el rito de todo lo vivo que enmascara una parte de sí mismo, ningún animal se presenta de frente ante la naturaleza y aquel que lo hace es porque oculta sus vulnerabilidades precisamente tratando de evitar el daño. Esta claro que en ese sentido la mascarilla (o masbarata si resulta que la hemos obtenido a través de las redes de apoyo mutuo y cuidados) nos oculta no solo del virus, sino también de los dispositivos biopolíticos que si, estan en manos del poder. Tapar el rostro es un rasgo habitual de todo elemento subversivo en la sociedad pero, en una época donde el reconocimiento facial se impone incluso en las tiendas (véase el caso de Mercadona) supone un plus, un elemento que devuelve a las personas su anonimato y capacidad de disponer de la propia imágen. No nos tapamos el rostro porque tengamos algo que ocultar que sea punible, lo ocultamos precisamente porque la sociedad de la vigilancia impone el desarrollo de tecnologías de auto-cuidado cuya eficacia reside en su simplicidad.

Hay un último elemento de las mascarillas que me ha resultado atractivo y no quería dejar de lado. La posibilidad de engendrar nuevos rostros colectivos capaces de canalizar los deseos subversivos de las sociedades. Tenemos muchos ejemplos de ello, desde Ludd, el Subcomandante Marcos, Blissett, las Guerrilla Girls, y tantos otros que darían para una larga exposición, quizás el mas reconocible sea la iconoclasta máscara de «V» el personaje de Alan Moore. Un símbolo que cuyo uso quizás ya fue agotado a partir de la reivindicación del mismo desde las células hacktivistas de Anonymous. La mascarilla tiene los rasgos de ser precisamente un dispositivo que bien pensado actua de manera similar. ¿Quizás por eso se ha impuesto su uso? Normalizando, recuperando, redefiniendo las herramientas de las mayorías sociales es como los poderes consolidan su posición.

No quería finalizar este artículo sin mencionar las causas que me han llevado a escribirlo. En primer lugar, la campaña en redes sociales de la extrema-derecha la cual esta extendiendo y normalizando un relato conspiracionista que desarma teórica y prácticamente los esfuerzos de la voluntad popular y social de los últimos meses. Creo que, sin lugar a dudas se deben establecer (al menos personal) criterios de trazabilidad de los memes, ideas, y conductas que se dispersan por las redes sociales. VOX ha sabido emplear las mascarillas con mayor tino (o mayor visibilidad) que los movimientos sociales, incoporando la bandera crea un vínculo una complicidad entre los elementos reactivos de la sociedad. Frente a sus mascarillas, homogeneas, tristes monocromas, las del pueblo autogestivo son diversas, recosidas, fragmentarias, provisionales. Valen mientras valen para lo que han sido diseñadas e igual que fueron tejitas por unas manos pueden volver a serlo, devolvieron en un momento dado la soberanía sanitaria a las gentes. El actual discurso liberal que no cuestiona las leyes mordaza, devuelve el debate al terreno de la legalidad, apela al individualismo y la soberanía «personal» frente a la creación de la comunidad. Hay que recordar porque empezamos a fabricarlas, no fue para congraciar para el poder fue para proger a las nuestras y para protegernos y en la medida que damos pábulo a debates mas o menos estériles sobre el tema vamos poco a poco borrando los frutos del empeño y del trabajo colectivo.